Mostrando entradas con la etiqueta Waldo Peña Cazas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Waldo Peña Cazas. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de noviembre de 2009

Cambiar de camiseta (Waldo Peña Cazas)

TAL COMO LO VEO



Hace años, los Honorables Representantes Nacionales se pusieron sin querer una camisa de fuerza que les impedía moverse a sus anchas en la arena política: aprobaron una ley contra el “transfugio”. En el lenguaje político boliviano, esta fea palabreja define la conducta de los desertores o golondrinos que abandonan una tienda política para acomodarse en otra, por cuestiones puramente estomacales.

Costumbre detestable; pero con muchas aristas. En principio, ¿qué bicho les picó a los Honorables para que aprobaran una ley contra sí mismos? Estaban obligados, porque sus jefes – dueños de los partidos y de las bancadas parlamentarias– querían evitar que los segundones se les subieran al cogote y provocaran disidencias o deserciones masivas. Para estar en estado de gracia todos los militantes debían decir amén a la palabra del jefe y levantar el dedo a la voz de mando en el Congreso.

Pero nada puede evitar que las ratas abandonen los barcos a punto de hundirse: hoy vemos en las listas de candidatos muchos pasapasas y camaleones, golondrinos con las alas cortadas que han cambiado de camiseta para seguir volando. No les faltan argumentos para justificar sus vaivenes; pero, ¿de qué vivirían si no medraran en un rebaño político?

Podemos, en un minuto fatal, inscribirnos en un partido; pero, ¿no tenemos derecho al arrepentimiento, si se nos ilumina la sesera y nos damos cuenta de que su ideología es una opería o de que el jefe es un ladrón? Después de meter la pata, siempre hay una oportunidad para reflexionar, para golpearse el pecho, para redimirse, y sería inhumano condenar a un individuo a ser movimientista, adenista o mirista de por vida.

Las ideologías condicionan los modos de pensar y de actuar; pero hay un abismo entre los sueños y la realidad, entre los hombres y sus ideales, entre los postulados y la práctica. Es común ser adepto, militante, partidario, discípulo, prosélito, devoto o hincha, y someter la voluntad a una iglesia, a una secta, a un partido o a una logia; pero hay un punto crítico en el que las convicciones y la conciencia se quiebran, pues tarde o temprano un hombre inteligente descubre que estaba adorando a un fetiche y reniega de su pasado. El pensamiento no es una cosa, sino un proceso, un fenómeno siempre cambiante. Sólo un idiota piensa hoy exactamente como pensaba ayer.

Arthur Koestler, Romain Rolland, André Gide, Louis Fischer, Henry Barbuse, André Malroux, Richard Wright, John Dos Passos, Upton Sinclair, John Steimbeck, Bertrand Russell y otros dedicaron al comunismo todo su talento, y después lo combatieron con todas sus fuerzas. Muchos científicos y funcionarios norteamericanos y británicos espiaron para la URSS porque creían en el socialismo, igual que San Pablo dejó el paganismo para convertirse al cristianismo. ¿Fueron tránsfugas, traidores o veletas?

La facultad de revisar los propios valores, de actualizarse, de clarificar las ideas, de mejorar los criterios, de discutir decisiones arbitrarias, de escarbar la conciencia, de enmendar errores, no es propia de ovejas ni de diputados, sino de hombres libres. Cosa distinta es cambiar de camiseta por engordar o por despecho.

Inscribirse en un partido es tan fácil como enmaridarse; pero es difícil amar a una sola mujer y abrazar una sola ideología de por vida. Los candidatos pertenecen a un partido porque se han vendido a él; pero no son imprescindibles, sino parte de la basura acumulada en el trajín político. Todo partido necesita deshacerse de parte de basura, y nunca faltan otros partidos que se nutren con esos desperdicios.

sábado, 7 de noviembre de 2009

El valor de la opinión pública (Waldo Peña Cazas)

Se dice que en un sistema democrático el poder de la opinión pública es fundamental para decidir los grandes asuntos públicos, y esto tendría que hacerse evidente sobre todo en los resultados electorales, que más bien son productos de climas de opinión artificiales, creados en beneficio de grupos de presión enquistados tanto en organismos del Estado como en agrupaciones empresariales, sindicales o de otro tipo. ¿Cómo? Digitando la información. Por eso leemos noticias y comentarios contradictorios, cruzados, que entorpecen el recto modo de pensar.

El Estado es omnipresente y omnipotente; pero está alejado de los ciudadanos cuyas vidas norma y controla. Hace las leyes, monopoliza la violencia, paga bien a quienes menos lo merecen, condecora o reprime a quienes quiere, encarcela a inocentes o protege a delincuentes y nos hace creer que lo blanco es negro. ¿Por qué? Porque, en los hechos, el Estado es una camarilla de funcionarios gordos y autoritarios. Alguna vez vi una buena caricatura: el Estado era un monstruo amenazando con garras y fauces a los ciudadanos, insignificantes bichos sin derechos y con obligaciones.

En un sistema democrático excesivamente idealista y poco práctico, los favorecidos por el voto se convierten en el Estado mismo porque creen haber tomado las riendas, cuando sólo han recibido un mandato. ¿Cómo pueden evitarlo los mandantes? Un célebre estudioso de la democracia, Alexis de Tocqueville, decía haber observado que más lucha un pueblo contra la autoridad cuanto más elevado es su nivel de vida, y la historia parece darle razón. Esto significa que los pueblos exigen más cuanto mayores reivindicaciones obtienen, o sea que la libertad y la prosperidad son adictivas: basta paladear una pizca para desear más; pero significa además que una opinión pública ignorante y desinformada perenniza más bien el abuso.

De la observación de Tocqueville podemos sacar otras conclusiones la bonanza y la prosperidad pueden provocar igual o mayor inestabilidad social que el estancamiento y las crisis. Puesto que el progreso nunca es uniforme y es imposible andar bien con Dios y con el diablo, los políticos deben ser diestros para mentir, para dorar píldoras y, si pretenden crear un clima de opinión favorable, nunca, jamás, deben enemistarse con los medios.

Los editoriales o comentarios de prensa parecerían pedacitos de opinión pública; pero, en rigor, son lo único concreto de los pensamientos y sentimientos predominantes en la sociedad, pues la realidad está fragmentada y hay mil maneras distintas de ver las cosas, por diferencias de clase, de formas de vida, de lengua y cultura e inclusive de circunstancias personales. Por eso se dice que la opinión pública es, en realidad, la opinión publicada.

De ahí que gobernantes y opositores sólo teman a los medios, a sabiendas de que la población civil carece de mecanismos coercitivos y nunca es más fuerte que el Estado y los partidos políticos. La sociedad puede ser infeliz; pero a un Estado abiertamente totalitario o falazmente democrático no le importa mucho porque la opinión pública no amenaza su estabilidad. Así, es inevitable confundir gobierno con mando y autoridad con autoritarismo.

En la dura época del stalinismo soviético o del banzerismo boliviano era absurdo pensar en una insurrección popular y tampoco se puede esperar que un régimen democrático, consciente de sus errores y de sus vicios, tenga un súbito arrebato de pudor y enmiende su conducta. Sólo hay un freno para la impostura y la corrupción: el periodismo valiente y honesto.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El diablo pregonando virtudes (Waldo Peña Cazas)

TAL COMO LO VEO


La carrera ha empezado y vemos caras de candidatos hasta en la sopa, con su consabido discurso: los privilegiados hablan de cambiar las estructuras, los ladrones de combatir la corrupción, los violentos de paz y orden y los separatistas de unidad. Todos, sin excepción, machacan con la cantinela de crear miles de nuevos empleos y atender con prioridad la educación y la salud. El diablo pregonando virtudes.

Es una típica campaña electoral: halagos a las pasiones de la plebe, promesas irresponsables, mentiras descaradas y protestas de honestidad, poniendo caras de angelitos. No son sólo lenguas irresponsables, viciosas, sino delictivas, porque defraudan el interés nacional, escarnecen las ilusiones colectivas y son la causa mayor de los males nacionales. Este delito se llama demagogia; pero, puesto que las leyes están hechas por los políticos, no está tipificado en las leyes nacionales ni sé de un solo país que sancione estas fechorías.

En Bolivia, los demagogos han aprobado algunas leyes relativas al sistema electoral, sólo para asegurar el monopolio partidista de la política: una ley contra el “transfugio”, y otra para esquilmar legalmente al fisco haciéndole pagar los gastos de la demagogia electoral. ¿Por qué no leyes que impidan incrementos abusivos de las dietas, que eliminen sucios fueros e inmunidades, que impidan la reelección de “representantes” profesionales, que permitan la participación política de ciudadanos independientes, que despoliticen el Poder Judicial, que obliguen a la investigación de fortunas?

¿Y qué tal una ley contra la demagogia? Las ofertas electorales implican no sólo un compromiso moral, sino una obligación social, y deben ser legalmente exigibles. Si un candidato ofrece rebajar impuestos, incrementar salarios o crear nuevos empleos, adquiere un compromiso con la figura de un contrato unilateral sujeto a término y condición y el incumplimiento debe ser tipificado como delito. Las sanciones no deben ser para los partidos, entidades abstractas, sino para los dueños del circo, los jefes, personas físicas y concretas. Ellos nombran funcionarios por pura potestad caciquil y son responsables directos de la corrupción, de obras mal ejecutadas, de malversaciones, de bellaquerías.

Algún freno habrá que poner a la falacia y a la impostura de hombres públicos sin moral ni convicciones, pues la lucha política no puede estar librada a la capacidad de engañar ni depender de la cantidad de saliva de los contendientes. Vemos la demagogia sólo como un vicio, cuando es una estafa a la sociedad y debe estar sujeta a penas preestablecidas, con obligación de reparar daños y perjuicios. La política es un servicio público, no un modo de vida, y su práctica debe estar sujeta a normas de derecho, con ofertas electorales ofertas claras, precisas y factibles, sin vaguedades susceptibles de manipularse con argucias técnicas o estadísticas amañadas, como esa de crear 500.000 empleos o combatir la pobreza sin saber en que consiste ésta

Nos ofrecen menjunjes peores que los publicitados por milagreros y saltimbanquis en calles y plazuelas: basura o veneno primorosamente empaquetado, y nosotros compramos cualquier cosa. Les es fácil prometer porque nada les obliga a cumplir, y hacen todo lo contrario, porque la lucha política obliga a una desleal competencia, ajena a toda norma ética.

Si les creciera la nariz como a Pinocho, se clavarían de pico en el suelo y sus mentiras quedarían en evidencia. Pero ahí están, muy panchos, con narices respingadas, angelitos con alas y con halos.

viernes, 2 de octubre de 2009

Propaganda política (Waldo Peña Cazas)

TAL COMO LO VEO

A falta de fuerza bruta, la política ha sido siempre campo propicio para la bellaquería, la impostura y el chanchullo. En las campañas electorales de antaño había también un profuso intercambio de salivazos, bastonazos o balazos entre candidatos; pero con un límite forzoso a los excesos: la política era privilegio de petimetres obligados a mostrar un respeto aparente a sí mismos y a los rivales. Esas viejas usanzas han cambiado por muchos factores: la explosión demográfica, el afianzamiento de las ideas democráticas, el desarrollo de la educación popular y, sobre todo, el voto universal. Todo ello ha condicionado la lucha política a los modos de consumo psicológico vigentes en el mercado.

En Bolivia –antes de 1952-- ningún patán iletrado podía seducir a un electorado reducido, relativamente culto e inteligente. Las crónicas electorales previas a la “revolución nacional” evocan una época política casi romántica, con candidatos de porte caballeresco, henchidos de dignidad y con un discurso apuntado a la inteligencia superior y no a las bajas pasiones. Hoy, la cuestión es convencer a grandes masas a votar por Fulano, Mengano o Zutano igual que se la incita a optar por la Coca Cola, la Pepsi Cola o la Papaya Salvietti. En otras palabras, el discurso ideológico y el carisma personal han sido reemplazados por las técnicas de mercadeo, que usualmente se reducen a la propaganda, en el peor sentido de la palabra.

¿Por qué proceso mental se inclina el subconsciente colectivo hacia un líder? El Dr. Goebbels, gurú de la propaganda nazi, no creía en métodos, sino en una finalidad: la conquista de las masas. Para esto tenía una fórmula muy sencilla: mentir, pues estaba seguro de que un constante machaqueo convertía la mentira en verdad, así como la gota de agua horada la roca. Pero la mentira tiene patas cortas y el tiempo se encargó de poner las cosas en su lugar.

En democracia, los bombardeos publicitarios no tienen los mismos efectos que en dictadura, o por lo menos exigen técnicas distintas que, por lógica, deben ser también diferentes para oficialistas y para opositores, pues unos están a la defensiva y otros a la ofensiva. Pero partidos, asesores y candidatos ignoran estas sutilezas: moros y cristianos aplican la vieja receta del Dr. Goebbels, con el desparpajo y la torpeza de saltimbanquis callejeros, tratando de vender productos bien empaquetados y de mala calidad.

En general, la propaganda tiene el mismo objetivo que la educación: influir en la opinión y en la conducta; pero con grandes diferencias. La educación forma el criterio, y la propaganda induce a creer sin razonar, a hacer sin saber por qué, standardizado criterios, uniformando ideas y modos de concebir la realidad. No apela a la inteligencia, sino más bien la maniata mediante la sugestión para inducirnos a hacer cosas que no necesitamos o que no debemos hacer.

La propaganda se basa en el desprecio de la inteligencia del hombre, con la certeza de que es fácilmente manipulable, y sería inútil si todos fuéramos seres absolutamente racionales. Pocas personas tienen un control relativamente consciente de sus actos, y las masas pueden ser inducidas a creer cualquier cosa y a hacer cualquier barbaridad, pues los bombardeos persuasivos pueden orientarlas inclusive hacia el crimen, como hicieron los nazis en Europa con las técnicas de Goebbels.

Sin propaganda, ningún bribón recibiría votos, y los candidatos tendrían que imponerse por virtud y por méritos. Lo peor es que alguien tiene que pagar las costosas propagandas, y del mismo cuero salen las correas: del pueblo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Plebiscitos de bolsillo (Waldo Peña Cazas)

TAL COMO LO VEO


Pronto menudearan encuestas y sondeos anticipando el triunfo de tal o cual candidato, y la pregunta es de cajón: si estos procedimientos tienen rigor científico, ¿por qué no adoptarlos oficialmente y dejar de gastar tanto dinero en dudosos torneos electorales? Pero, ¿cuán confiables son estos plebiscitos de bolsillo, aún suponiendo que no apunten a influir en las decisiones del electorado, como un instrumento de presión psicológica para desvirtuar el voto consciente?

Aún con el sustento del rigor matemático, anticipar resultados puede ser un fiasco por muchas razones: en los pueblos mal educados y poco informados las opiniones y actitudes políticas nunca son bien definidas ni permanentes. El altísimo porcentaje de votantes indecisos y una veleidosa masa electoral pueden alterar la balanza a último momento; pero hay algo más: las inevitables guerras sucias, que a último momento pueden destruir la imagen del candidato más pintado.

Los sondeos pueden hacernos tragar píldoras cuadradas disfrazadas de información científica, pues la parte no es el todo, y expresar una verdad matemática con cifras estadísticas fragmentadas llamadas “muestreos” equivale a mostrar astillas como si fueran el árbol. El procedimiento puede ser útil para la investigación en el campo social; pero no es un misterio que se puede demostrar estadísticamente cualquier maravilla o barbaridad que se quiera demostrar. Se habla, por ejemplo, de un ingreso per cápita elevado que hace suponer la prosperidad de algunos pueblos; pero los lindos porcentajes están sólo en los bolsillos de un puñado de oligarcas y políticos. ¿Cuál es el ingreso per cápita en Bolivia? Los tecnócratas meten en la misma talega a gordos diputados con gruesas cuentas bancarias y a campesinos hambrientos que nunca han visto ni verán un dólar.

No digo que los porcentajes y las fracciones de unidad carezcan de valor; pero son abstracciones matemáticas y no expresiones de una realidad tangible. Nos dicen que en Bolivia hay una mujer y pico por cada varón, sin aclarar si ese pico va de la cintura para abajo o para arriba. En el aberrante lenguaje tecnocrático, hay en Bolivia hay un octavo de televisor por habitante, y cada media mujer dispone de seguro social, de modo que todas están condenadas a morirse a medias.

La técnica de estos procedimientos consiste en reducir la realidad a promedios y porcentajes para demostrar una proposición usualmente preconcebida y tendenciosa. No es una mera contabilidad, ni una enumeración, descripción o estudio de una realidad, sino un intento de alterar esa realidad fraccionándola, poniendo números, conceptos y personas en una sola masa, como datos macroeconómicos arbitrarios. Así, se nos sugiere que el candidato Fulano ganará porque está metido en el corazón del pueblo, quizá por mandato divino o como cosa del Destino; pero es como en el fútbol: los resultados no dependen de los pronósticos ni del cálculo de probabilidades, pues los favoritos podrían hacer un papelón como la Selección Nacional en las Eliminatorias. Estadísticamente, tres bolivianos por día mueren en accidentes, y cualquier candidato podría ser uno de ellos, aunque otras estadísticas lo pongan ya en el trono.

Hay verdades incontrovertibles porque están de moda, aunque sean absurdas. En tiempos de Copérnico, cualquier encuesta de opinión habría demostrado que este científico era un bruto y que el planeta Tierra era plano. Siempre hay verdades consagradas, y en tiempos de oscurantismo político o religioso es más fácil empañar la mollera de las masas que iluminarla.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Las motivaciones del voto (VeDOBLE)

CON ESCALPELO

Poco importa quiénes ganen en las urnas, porque igual perderá el país, pues ni los candidatos ni los electores saben cómo se decide el voto. Tampoco los investigadores de las ciencias del comportamiento se preguntan por qué indios, cholos, señoritos o agringados optan por uno de los platillos ofrecidos en el menú electoral. Las elecciones - rituales imprescindibles en la sagrada liturgia democrática - podrían servir como laboratorios para descubrir las motivaciones del voto y las actitudes políticas en general.

Lo cierto es que ningún candidato recibirá votos por su ideología, por su programa, por su carisma, por su talento ni por su belleza; y tampoco incidirán mucho las técnicas de mercadeo ni las mañas de saltimbanquis y milagreros, pues los ciudadanos que viven de su trabajo votan sin fe, al tuntún, o porque es obligatorio mojar el dedo meñique en tinta indeleble. Algunos votos obedecen al interés de acceder a la burocracia estatal o a otras consideraciones abdominales; pero, ¿qué otras razones pesan para votar rosado, verde, azul o amarillo?

¿Hay algún proceso mental, consciente, previo al acto de depositar la papeleta multicolor y multisigno en la urna? ¿O votamos de acuerdo a la tradición familiar, a los estilos de vida, a la economía personal, al estatus social, a las frustraciones y a los prejuicios? Si los resultados electorales reflejaran la lucha de clases --determinante fundamental de la historia en la teoría marxista-- Banzer y Goni nunca habrían sido presidentes.

Se habla también de una permanente guerra de caracteres, pues las sociedades humanas están formadas por personas con diversas constituciones caracterológicas y mantienen su unidad sólo por algunos mordientes: historia, tradiciones, leyes. Hay dos grandes tipos caracterológicos: individuos orientados al interior de sí mismos y otros orientados hacia fuera. Los conflictos entre estos grupos surgen por diversos motivos: desarrollo de las comunicaciones, migraciones humanas, permeabilidad de las clases sociales y otros procesos históricos. Los individuos del primer grupo son conservadores y muy conscientes de la opinión ajena, con una sensibilidad que no sólo afecta a su apariencia externa, sino a sus sentimientos, pensamientos y opiniones. No deben desentonar en el círculo social. Temerosos de contradecir una moral de grupo establecida, son incapaces de liberarse del yugo paterno o de una autoridad similar, así sea opresora y tiránica. La política les importa un pito y, cuando votan, hacen lo que ven hacer, o sea que se dejan arrastrar por la corriente más fuerte, porque su camisa, sus pantalones, sus zapatos, sus opiniones y actitudes políticas deben ser similares a las del entorno social inmediato.

La cuestión es mantenerse a la altura de todo el mundo --“keeping on with the joneses”, como dicen los gringos--; o ser como ese personaje de Tolstoi en “Ana Karenina”: no escogía sus opiniones y actitudes políticas, sino que éstas le entraban, cabalitas para su cabeza, como su sombrero de modelo impuesto por la moda, y cuyo liberalismo era como el cigarro que fumaba después de cenar para poner cortinas de humo entre su cerebro y la realidad. La primacía de este grupo habría dado el triunfo electoral a un dictador converso a la democracia y a un candidato más gringo que boliviano.

¿Y cómo explicar los votos por Evo? Si entiendo bien la novísima teoría de don Jaime Paz, habría más bien una guerra entre culitos de distinto color: rosados, blancos, morenos y negros. Si así fuera, Evo Morales tendría las de ganar en un país de culos más oscuros que claros.

jueves, 10 de septiembre de 2009

¿Y usted qué cree? (Waldo Peña Cazas)

TAL COMO LO VEO

Evo Morales está muy pancho en el trono, pues la vieja “clase” política no ha logrado articular nada que le preocupe; pero la lógica inmediata no rige en el fenómeno político, y todos pisan terreno muy deleznable. Analistas, periodistas y ciudadanos opinamos apoyándonos en supuestos, con peligro de que todo nuestro andamiaje lógico se desmorone por impredecibles cosillas que podrían alterar el panorama en cualquier momento. Teorizamos y hacemos predicciones razonables basándonos en la observación y en la experiencia, ordenando y analizando datos y hechos más o menos verosímiles; pero la información más importante está siempre fuera de nuestro alcance.
Las “ciencias políticas” tampoco sirven para hacer predicciones, por falta de métodos claros y porque sólo estudian formas de gobierno, sistemas políticos, problemas entre el Estado y el medio social, relaciones entre los organismos de poder y algunos aspectos del liderazgo político. La sociología europea reduce los problemas políticos a un estudio de las instituciones del Estado como organismos sociales casi independientes; y la norteamericana tiende a concentrarse empíricamente en el comportamiento político de los ciudadanos. En Bolivia predomina esta última escuela: pero a los políticos profesionales eso les importa un bledo, porque su único objetivo es apoderarse del poder. Para ello no necesitan cerebro, sino nariz.
La política no es arte ni ciencia. Puede ser un frío puchero cocinado en componendas entre líderes, en los palacios de gobierno o en una junta de accionistas; pero también en las alcobas de los grandes hombres públicos, no entre sesudos ministros y expertos asesores, sino en brazos de damas de honor distraído y cabeza hueca, como en una telenovela porno romántica: ¿Qué fue de Condepa, el partido populista más grande de nuestra historia? Se derrumbó en un santiamén por una crisis sentimental de sus jefes Carlos y Mónica.
La historia misma es un tejido superficial, y no en vano se habla hoy de una “parahistoria” y de una “parapolìtica”, o sea los factores inadvertidos, ocultos o secretos que inciden en los cambios sociales y que están más allá de la política y de la historia. No podemos confiar en lo que leemos o escuchamos, y tampoco en los sondeos de opinión, pues cuanto más lejos estemos de los centros de poder, menos confiable será la información disponible: el poder es siempre piramidal, y sólo conforme se asciende hacia la cumbre es posible acceder a ciertos conocimientos vedados para los de abajo.
La verdad está en la cúspide, tan remota, inaccesible y voluble que aún las decisiones de los más pintados caudillos tercermundistas carecen de importancia. ¿Por qué, de la noche a la mañana, Jaime Paz recuperó su visa y pasó a encabezar los sondeos preelectorales? Es inútil hacer predicciones sin conocer los resortes reales de la dinámica política, pues de nada sirven las estadísticas ni la lógica, y lo más cuerdo es esperar siempre lo peor, aceptando que estamos condenados a un desgobierno más, de cualquier partido que fuere.
¿Quién pudo prever, hace pocas décadas, que Hitler atacaría a la URSS en invierno, aconsejado por sus brujos; que el Tío Sam saldría de Vietnam, rabo entre piernas; que la URSS se derrumbaría como un castillo de arena? ¿Quién iba a imaginar que en Bolivia perros y gatos acabarían gobernando juntos (MNR-FSB y ADN-MIR)?
¿Y usted qué cree? ¿Resucitará otra vez el MNR, como Drácula? ¿Volverá la vieja “clase” política? No sería un milagro de Dios, sino culpa de un “voto castigo” contra pillerías de hoy olvidando rapiñas de ayer.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Arrumacos preelectorales (VeDOBLE)

Como siempre, nos aseguran que tendremos “las elecciones más limpias de la historia”, y una vez más se impondrá la vieja tradición del chanchullo, ineludible en la política nacional. No importaría mucho la milagrosa aparición de más votos que narices, o viceversa, pues más peligrosos son los ajetreos preelectorales de oficialistas y opositores, caracterizados por arrumacos parecidos a los “pololeos” de antaño: en oscuros zaguanes o rincones, a escondidas de ojos extraños, por vergüenza al qué dirán. ¿Qué cosas se negocian y se cocinan en esas citas secretas?
Pero, igual que los furtivos amoríos de antaño eran delatados por las malas lenguas, los enjuagues políticos de ogaño se ponen en evidencia por la torpeza informativa de los pecadores. Los líderes políticos no saben controlar la lengua, y en su afán de justificarse niegan oscuros compromisos como quien niega relaciones incestuosas o adulterinas; pero las castas doncellas no tardan en aparecer con la barriga hinchada.
En la política hay leyes más inmutables que en la física o en la biología: detrás de todo pacto o contubernio hay siempre algo podrido, y para comprobarlo repasemos la historia reciente: ¿por qué la ADN banzerista apareció inopinadamente defendiendo a Max Fernández, acusado de evasión de impuestos? La olla podrida se destapó al anunciarse una alianza entre ambos partidos. También Goni acusaba con terquedad a Fernández de evasión fiscal… hasta que acusador y acusado acabaron revolcándose juntos en la cama oficialista.
¿Por qué los votos en favor del endógeno Palenque sirvieron más bien para elegir al exógeno Goni? Por obra y gracia de secretos compromisos entre partidos conchabados. Antes de encholarse, los romeos y las julietas del teatro político se muestran seguros de sí mismos, puros y castos, reluctantes a lujuriosos amoríos; luego se ponen entre que sí y que no, porque no les mueve el corazón y calculan con la barriga. Pero siempre acaban anunciando un “acuerdo patriótico”, “alianza nacional” o “pacto democrático”, cínicos nombres que encubren lujuriosos concubinatos. ¿Qué estarán cocinando esta vez para traicionar la voluntad del electorado expresada en las urnas?
¿Por qué se juntan, si cada cual aspira a un botín exclusivo? Porque solitos no sirven para nada, y creen que un montón de piojos hacen un elefante. Pero, suponiendo que tuvieran éxito, alguien tiene que ser el sultán o jefe del serrallo, y tendrá que elegir una favorita, para desconsuelo de las otras concubinas y despelote general. Todos los burócratas del Estado tendrían que saber lo que deben hacer y someterse a algún tipo de disciplina; pero no habría un mando único, porque los pactos no se hacen para compartir responsabilidades, sino para participar en un banquete entre cómplices, para repartirse el botín. ¿A quién debería su lealtad cada autoridad o funcionario? ¿Al Estado? ¿A su partido? ¿Al mandamás que le dio “pega”? ¿A su propia barriga?
Así, es fatal que todo amancebamiento político termine con platos rotos en las cabezas, y quede claro que su único objetivo era el botín. Pero, ¿qué importa si quedan desenmascarados? La falta de lideres genuinos y la corrupción de los oficialismos obliga a votar “contra” y no “por”.
¿Quién recuerda las tropelías y malandanzas de las viejas coaliciones gobernantes? La corrupción actual hace olvidar la antigua. Esa es la única posibilidad de los opositores eventualmente amancebados. Muchos votos pro Evo fueron en realidad votos anti Goni, y en las próximas elecciones cualquier bribón podrá cosechar los votos anti Evo.

domingo, 16 de agosto de 2009

En busca de líderes (VeDOBLE)

Todos los animales –incluido el hombre– necesitan un conductor, un líder, pues en ninguna especie de la escala zoológica los individuos pueden enfrentar solos la lucha por la vida. Este es gran problema de los viejos rebaños políticos bolivianos: sus líderes han entregado el alma al diablo o están muy desportillados. ¿Dónde conseguir alguien que conduzca con éxito hasta las peras del árbol?
En tiempos de Trucutú, un aspirante a mandamás en la horda primitiva –o sea al poder– hacía más o menos lo mismo que los lobos para imponerse en la manada: nada de sesos ni argumentos, sino muchos mordiscos o garrotazos. Pero, andando el tiempo, la astucia se impuso a la fuerza: hoy, el hombre civilizado no necesita buenos músculos ni grandes garrotes, sino lengua larga, desfachatez y, a falta de dinero, padrinos poderosos.
El gran problema –no de los partidos, sino del país– es que los jefes o líderes son fatalmente candidatos presidenciales, fatalmente eternos, y sólo la senectud o la muerte los ponen en su lugar. Cuando los líderes “naturales” e “indiscutibles” pasan a retiro obligado o al cementerio, es difícil reemplazarlos porque no crecen en los árboles. ¿Qué hacer? ¿Poner un aviso en los clasificados de la prensa?
Sin embargo, tienen experiencia, tecnología y materia prima para fabricar uno. Sus productos nunca han sido de buena calidad; pero a falta de pan, buenas son tortas. Tienen también otro recurso: importar uno fabricado en USA, o sea recuperar nuestra materia prima y con valor agregado, gracias a la tecnología gringa. Ese fue el caso de Goni, que apareció como por arte de magia: nada por aquí, nada por allá y, de repente, ahí estaba el líder, como quien saca un conejo de un sombrero.
La sociología, ciencia de estos tiempos, no ha podido descubrir las cualidades que hacen a un líder. Nos hablan de “carisma”, cosa que nadie sabe en qué consiste. ¿Por qué Hitler y Gandhi arrastraban multitudes, siendo tan distintos? ¿Era carismático George W. Bush? Quizá cada cultura produce liderazgos con mecanismos propios, pues es difícil imaginar un líder alemán que hable su idioma a patadas o uno estadounidense que apenas farfulle Spanglish. Pero Bolivia es un país distinto: estropear el español fue uno de los secretos para el éxito de Goni. Quizá lo aprendió de Nat King Cole, cantor que en los años cincuenta triunfó más por su mal castellano que por su buena voz.
Goni, desconocido hasta entonces, fue uno de los ingredientes para la resurrección del ya difunto MNR. ¿Era un líder popular y carismático que, como todo buen superhéroe gringo, apareció justo a tiempo para salvar a un glorioso partido en agonía? ¿Una especie de Mesías llegado del Norte o un Supermán criollo “made in USA”? Era sólo un político ambicioso que había aprendido algunas mañas gringas: sonreír eternamente, aunque duela la barriga, y largarse un par de chistes baratos para escabullirse de una situación embarazosa. Su estilo desfachatado y casual cautivó a un pueblo ya empalagado con caudillos de opereta, monolíticos, con caras de palo, con el ceño fruncido, ridículamente solemnes. Su imagen importada pasó de boca en boca con la pegajosa facilidad de la Coca Cola y del “chewing gum”; pero la pompa de jabón se desinfló con un simple pinchazo y tuvo que poner los pies en polvorosa.
Un líder no es un redentor ni un benefactor, sino un espejo de los vicios y de las frustraciones de sus seguidores. Si los partidos políticos quieren resolver sus problemas, que no atingen al pueblo boliviano, no deberían buscar líderes, sino invocar al Chapulín Colorado.